Paranoia y alerta para todos

Por Lucía Aguilera

Les presentamos la sección especial de recomendaciones televisivas de Lucía Aguilera, en esta primer entrega: “No sabía que estaba embarazada”, treinta minutos del porcentaje de la ciencia que podía fallar.

La televisión me resulta imprescindible, fundamental, tutora.
No es una exageración ni una pose para dar pie a un gag. Soy una convencida de que las señales ofrecen una cosa buena detrás de otra: documentales, series, sitcoms, especiales, la posibilidad de conocer el mundo a través de imágenes, realities y maratones. Y si: aprendí diálogos de memoria y sé bien que cada situación vivida coincide con al menos, una escena de Los Simpson.

Trato de persuadir a la gente cercana de que vea determinadas series y programas, adquirí cierto timming en mis respuestas a fuerza de tanta comedia de situación, y llamo por teléfono a uno de mis amigos (también fanático), para repetirle una vez más lo que ambos sabemos: “no puede ser tan bueno”. Coincidimos en haber aprendido mucho de la televisión y ser un poco hijos de esa industrial cultural.

Al Descubrir algo que resulta muy bueno, la reacción natural es la de compartirlo y recomendarlo con sinceridad. Así, regalé libros de uno de mis autores favoritos a, por lo menos, media docena de personas, también los presté, asegurando que quedarían prendados de él. Insistí y hasta convencí.
Pero estamos hablando de TV, donde esa vehemencia evangelizadora que llevo dentro aumenta. Y si, es cierto que hay una línea de teóricos que no pudieron resistir la tentación a la hora de tomar posiciones, a criticar o acusar a la televisión. Parece que algunos siguen pensando que no mirar televisión los aleja de la hipnosis masiva del consumo y la alienación (seguro que no tienen celular, usan ropa genérica, destrozan tarjetas de crédito y mueren de pena ante tanta estupidez generalizada). A esta altura ya no se necesita justificar nada con un libro de Eco en la mano, ni defender posturas.
Bienaventurados aquellos que entienden que hay cada vez más cosas para elegir, y posan su mano sabia en la señal correcta.

Sólo puedo capitalizar los momentos en los que quiero dejar todo (los libros, las salidas, las proyecciones, la vida-oficina, la triste profesión) y hacer sólo eso: sentarme frente a la pantalla y entregarme al calor de sus rayos catódicos, al borde de la ceguera por tanta luz dañina. Y vivir para contárselos.

Paranoia y alerta para todos

La señal Discovery Home & Health se las trae con “No sabía que estaba embarazada”, treinta minutos del porcentaje de la ciencia que podía fallar.
Domingos a las 21:00 (y repeticiones)

Tal como lo indica su nombre, el programa se centra en eso: mujeres que se enteran que
estaban embarazadas en el momento de dar a luz.
Así como lo leen. A primera vista puede sonar a exageración alarmista, casos propios de mujeres sin acceso a información o educación, o situaciones que bordean la mentira al servicio del sensacionalismo.

Nada más alejado. Siguiendo la línea de episodios que intercalan testimonios reales de los protagonistas, los médicos y una dramatización (donde los actores son siempre tan parecidos a los representados), el programa muestra la historia de mujeres de clase media urbana (que leen, escriben, tienen trabajos, son profesionales y hasta… han tenido hijos antes) que no detectaron su embarazo en toda la gestación. Discovery muestra una vez más los misterios del cuerpo humano, sus caprichos y señales confusas.

Las actuaciones, acompañadas por el relato de la susodicha madre real, muestran todo lo que sucedió, desde el primer síntoma, hasta el momento del parto. No se trata de mujeres que confundieron su gestación con hinchazón y llegaron al sanatorio comiendo Doritos, sino de casos en los que todas ellas continúan su ciclo regular y utilizan métodos anticonceptivos seguros, aprobados científicamente (nada de “me cuidaba contando las fechas” o “tenía entendido que con luna llena no podía embarazarme”), y por supuesto, no aumentan de peso ni tienen vientres abultados. Y ese es el punto fuerte que justifica la existencia del ciclo: desde el punto de vista médico no podían concebir.

Los síntomas se confunden, en algunos casos asociados a patologías, nunca hay atrasos y algo común a todas: llegan a la sala de parto desesperadas del dolor, suponiendo que les está pasando algo grave. Como para muestra basta un botón, está el caso de una mujer que no podía concebir por problemas de fertilidad y había desistido, luego de años de intentos, de la idea de ser madre. Durante varios meses tuvo síntomas difíciles de asociar a una enfermedad concreta: cansancio profundo, malestar estomacal, falta de apetito, descenso de peso (así es: descenso). Con profundo dolor y desesperada (insisto: además de muy delgada), llega a la sala de emergencias y sorpresa: está en trabajo de parto. El esposo se desmaya por el shock en la sala de espera.

Y si se preguntan cómo pasa, si se repiten para sus adentros que no puede ser, si les resulta ridículo o arbitrario el planteo, la respuesta está al final, donde los especialistas explican por qué falló el método, qué fue lo que impidió su detección y cuáles eran los síntomas que se confundieron con otros malestares.

Es el equilibrio justo entre paranoia y reflexión: mientras planeamos órdenes de restricción para nuestras parejas, recordamos que la ciencia puede ser rigurosa y eficaz, hasta que caemos en el porcentaje del infalible margen de error.

Para más información:
www.discoverymujer.com

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