Cocina tu aldea

Por Lucía Aguilera

Puede que ya lo conozcan de “Naked Chef” o “Jamie´s School Dinners” a este cocinero inglés. Esta vez, en Food Revolution demuestra que la alimentación puede marcar una diferencia en la vida de la gente. Y que una revolución demanda tenacidad y trabajo duro. Pero es posible.

Cuando no estoy viendo televisión, dedico el resto de mi escaso tiempo libre a otra de mis pasiones: la comida. El origen de esto se remonta a la cocina de mi abuela Olga, en San Vicente, la tierra que eligió el General Perón. Pasábamos mucho tiempo juntas, y en el mar de amor mutuo que eran esos tiempos, todo lo que ella hacía me parecía lo mejor: su casa era la más linda y la que mejor olía, sus flores las más coloridas y su comida, la que más me gustaba.

No había nada que hiciera ella que no pudiese adaptar a mí: me sentaba en su bicicleta sobre un cómodo almohadón rojo para pasear. “Inventó” un juego de chin-chon de 4 cartas (porque las 7 reglamentarias no podían ser sostenidas con mis manitos), y me dejaba ayudarla a cocinar sobre una mullida banqueta que acercábamos a la mesada. Yo pelaba las cebollas, le sacaba las semillas a los ajíes, acomodaba los fideos caseros. Me sentaba a la mesa feliz, porque siempre me encantó comer (mucho más su comida perfecta) y también orgullosa, porque había participado en lo que estábamos compartiendo. Desde entonces, estuvo claro que esa era una manera de dar amor, de demostrar interés y afecto por el otro.

Figúrense que Olga fue un ama de casa abnegada, y como se dedicaba exclusivamente a eso, todo lo que hacía en esa área debía ser lo mejor: la casa impecable, los niños de punta en blanco y la comida casera, nutritiva, sana, variada. Y era así incluso en las temporadas con bajo presupuesto. De ahí mi madre guarda recuerdos de sus económicas tartas de seso (que parece que eran riquísimas), muchas verduras de estación y de su huerta, y hasta un gallo mascota de sus hijos, sacrificado para la cena, pero esa es otra historia. Nunca enlatados, ni “porquerías”. Se consumían los pollos y huevos “de campo” como siempre los llamamos. O sea, alimentos orgánicos, mucho antes de que recibieran esa denominación. Siempre fue muy sentenciosa con las mujeres incapaces que cocinaban salchichas, hamburguesas y todo tipo de basura rápida. Aversión que trasladó a sus hijas, hasta llegar a mí.

Esta introducción cargada de recuerdos tiene un propósito, lo juro. Mi punto es Jamie Oliver y el idilio que mantengo con este chef inglesito que está llevando por el mundo lo que muchos hemos aprendido en nuestras casas: la comida puede ser sana, deliciosa, accesible y rápida.

Food Revolution transcurre en la ciudad norteamericana de Huntington, Virginia, caratulada como la población menos saludable de los Estados Unidos. A esta altura, mucho más que un cocinero, este evangelizador de la comida fresca y activista gastronómico con sentido común, entró a los lugares donde la industria alimenticia, dominada por un puñado de corporaciones, está haciendo estragos en la población: niños diabéticos, obesidad endémica y una cultura de los alimentos basada en la comida procesada, la grasa y los conservantes. Ese es el panorama al que ingresa, para intentar cambiarlo todo. El programa ya no está mas al aire, pero vale la pena rastrearlo para ver esa faceta del modo de vida americano y algunos de los dramas del consumo desenfrenado.

Jamie empieza por los comedores escolares, donde encuentra, por ejemplo, a los pequeños desayunando pizza con leche saborizada, enfrentándose con vehemencia, a costumbres peligrosas y al mismo tiempo tan arraigadas. Es por eso que al encontrarse a cocineras holgazanas e indiferentes a quienes intenta persuadir, o a personajes que se burlan de sus valores, hay momentos de frustración y lágrimas de bronca brotando de sus ojos llenos de ternura, enamorando a las chicas de buen comer, como yo. Ver a tanta gente con enfermedades provocadas por malos hábitos, o amas de casa que nunca preparan platos con verdaderos ingredientes (todo allí son cajas, bolsas, pre-cocidos) desde este lugar del mundo, en el que, afortunadamente, hay muy pocas opciones de comida congelada y artificial, es impactante.

Si esos hábitos sorprenden, es también conmovedor ver cómo concientiza y difunde hasta el cansancio que somos lo que comemos. Usando métodos extremadamente gráficos, se puede ver a un micro escolar desbordando arena por todas sus ventanillas, para mostrar la cantidad colosal de azúcar que se consume semanalmente en el colegio. Lo mismo con un contenedor lleno de grasa. Todo es válido para sacudir un poco a las adormecidas y lipídicas mentes americanas.

Lleno de adrenalina, hace cocinar al pueblo entero en su restaurant especialmente montado, en sus propias casas y hasta en las calles, para que vean por sí mismos que en 15 minutos (reales) pueden hacer un plato completo y riquísimo. Genera entusiasmo, conciencia y transmite su enorme pasión.

Si: me encanta.

Oliver lleva al mundo lo que mencioné al principio: la certeza de que sentarse a compartir la cena no es sólo el acto de ingerir, sino que acerca a las personas, reconforta. Y cocinar más que preparar una lista de ingredientes, es una forma alternativa de dar un abrazo.

Para más información:
www.ted.com/talks/jamie_oliver
www.jamieoliver.com

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