Trópico de cáncer

Por Lucía Aguilera

Ya está concluyendo la segunda temporada de “The big C”, emitida por HBO los domingos a las 21hs. Una serie que bucea en el mundo de la temible enfermedad terminal y pone a brillar a un gran elenco al servicio de un guión estupendo.

Todos hemos escuchado a alguien decir “de algo hay que morirse” mientras se fumaba el vigésimo cigarrillo, o nos encontramos repitiendo la frase “y por ahí ahora salgo y me pisa un colectivo”.

Entiendo que la especulación no tiene que ver con tener presente nuestra propia transitoriedad, sino todo lo contrario. Percibimos la muerte como algo para después, para un momento lejano.

¿Y si un día la idea de finitud se vuelve más palpable, más cercana?
Ese día precisamente, empieza The big C, que es la historia de Cathy Jameson, una profesora de colegio secundario, en un entorno estándar: un suburbio, una familia, un trabajo, con una enorme mochila que ya se pone muy pesada.

Casada con un regordete comodón, mamá de un adolescente irritable, hermana de un bipolar fundamentalista, recibe la noticia de que sufre de un melanoma cuando está fastidiada y harta de lo que la rodea, y en donde la C de cáncer funciona como la chispa que la hace detonar.

Los primeros capítulos avanzan sobre los cambios de la protagonista de cara a cambiar su vida (que en un principio está mucho más angustiada por cómo comunicarle la noticia a su familia que por su propio padecimiento), ubican a la enfermedad como un medio para desarrollar la trama y las relaciones entre los personajes, todos genialmente compuestos, y sin restarle importancia a la gravedad del asunto, tampoco lo centraliza.

La serie me atrapó desde el capítulo piloto.
Los actores se destacan y están muy bien dirigidos. Laura Linney está impecable.
Además de brillar como intérprete, está hermosa sin disimulos. Y les puedo asegurar que en momentos donde muchos actores parecen salidos del museo Madame Tussauds, que ella se vea adulta, bella y natural, no es poco. Además, le creo. Le creo todo. A ella y al resto de sus compañeros.

Esta gran C lleva sello de Showtime -que se caracteriza por ser una señal cuyas producciones provocan, se corren de lo previsible-, en el sentido más positivo: la historia toca un tema delicado sin caer en lugares comunes, sin pretensiones aleccionadoras, sin autocompasión ni dramatismo exagerado.

Si al principio reacciona por impulso, como si abriera los ojos por primera vez, vibrando entre la manía y las dudas recientes, más tarde irá asentándose, adaptándose a sus propias decisiones para ser más feliz.

Los capítulos avanzan para mostrar los cambios que operan en Cathy y se van reflejando en ella y en quienes la rodean. El modo en que lo enfrenta su hijo, atravesando la transicional adolescencia, cómo repercute en una crisis de pareja que venía arrastrando, la manera en que afecta la fragilidad de su hermano y la modificación de su entorno afectivo con algunos personajes muy acertados, excepto el de Gabourey Sidibe (ganadora del Oscar por su protagónico en Precious) que encarna a una alumna, y nunca terminó de cerrarme.

Ella hace frente al dolor de los demás y al miedo propio manejando con sutileza el humor negro, burlándose de sí misma, de algunas cuestionables terapias alternativas que decide poner en práctica, de su oncólogo al preguntarle “¿eres virgen de muerte?” y de la medicina en general, a la que se entrega, aunque no pierde de vista sus baches y falencias.

Pero eso no la vuelve cínica, sino todo lo contrario: hay momentos de mucha intensidad y emoción (como el capítulo final de la primera temporada), y presenta el tránsito a través de una enfermedad experimentado por alguien que quiere vivir. Sin más. Con altibajos y dudas, pero motivada por su gran intensidad.

No se exige trascender, no tiene pretensiones de revelarse cuestionamientos metafísicos o de ir por las grandes respuestas.

En un momento afirma sincera, “lo único que me alivia es saber que todos nos vamos a morir”. Lo que me lleva a retomar las trilladas frases de las primeras líneas. No sé hasta qué punto es posible incorporar la idea de dejar el mundo, pero pulgares arriba para esta gran C que elige mostrar a una mujer díscola, que se corre de los lugares afectados o penosos para mantenerse en pie y conservar la esperanza.

Para más información:
www.youtube.com/watch?v=nfcceO-U2wk

Ilustrada por:
Pablo Picyk
www.pablopicyk.com.ar

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@Pablo Picyk
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