FEDERICO | Cap 13: “Presente y nada más”

Por Vicky Caracoche

Una ciudad que crece sin pausa. Un amor que se va soltando. En el medio, Federico intentará mantener el foco sobre lo más importante.

Federico abrió los ojos y se desperezó. Sin querer le dio un codazo sutil a Catalina que se reacomodó de costado, mirando hacia el interior de la cama. Una semi sonrisa le suavizaba el rostro en sus sueños. Era tan hermosamente rara; no tenía una cara común.

Cuando recién se conocieron y Federico le dijo eso, ella lanzó una carcajada violenta. Luego se puso seria y le preguntó qué era raro para él y qué era común. Fue su primera discusión, de ésas que terminan con cosquillas y luego con sacadas de ropa y revolcones súbitos. Cuando la conoció mejor, solía provocarla con observaciones de ese tipo porque sabía dónde terminarían. Le tendía una trampa amorosa.

Detrás de ella, la ciudad amanecía con la pereza de un lunes de agosto y el sol se colaba por el ventanal. Algunos rayos llegaban a la cabecera de la cama y volvían el pelo de Catalina de un tono ocre brilloso; así parecía el más suave del mundo.

Federico estaba absorto mirándola, estudiando su nariz, su boca carnosa, los dedos chuecos. Le acarició el brazo y la tapó un poco con la sábana. Era un invierno dulce y no había que estar tan abrigado; con el calor de los cuerpos alcanzaba para dormir bien.
Tomó la cámara y la retrató en detalle. Cuello y hombros. El cabello enroscándose en su oreja perfecta. La mano sobre la almohada. Su gesto era tranquilo.
Sin embargo, la noche anterior había estado un poco convulsionada. Una cena prometedora arrancó con una charla filosófica sobre deseos y expectativas varias. A la altura del segundo sorrentino, todo derivó en una serie de malos entendidos sobre lo que uno espera del otro y del mundo que los rodea. Del postre ni hablar, por supuesto, que quedó en la heladera esperando su turno.

Federico recordó eso y dejó la cámara a un costado. Era muy temprano, se sentía un gallo con las cuerdas vocales tensas. Fue hasta el ventanal, luego se vistió y subió a la terraza del edificio. Ahí estaba solo. Tenía la llave de la puerta como los demás vecinos, pero nunca se cruzó con nadie. Ese era su lugar público más privado. Ahí tenía más cerca el cielo y el sol, más lejos los ruidos y los problemas. Se tiró al piso y miró la inmensidad celeste. Hoy, mañana, pensó. Malditos mañanas. Cerró los ojos y trató de meditar. Un martillo neumático lejano se lo impidió. En alguna cuadra a la redonda esa máquina infernal rompía una pared o una calle y también la tranquilidad del barrio.

Se incorporó e inició su rutina de yoga raro, según Catalina. Con las clases que fue tomando, Federico creó su propio estilo yoguístico. Una práctica libre, poco ortodoxa, pero con la que logra cierto equilibrio entre su esqueleto y su espíritu.

Gato contento, gato enojado. Junto con ese martillo diabólico, un coro de mazas manuales intentaba componer un réquiem para la quietud de la mañana. Recorrió la terraza asomado al muro de contención. Necesitaba comprender de dónde provenía ese sonido que anuncia una obra de mucho tiempo.

Si bien Federico vive en un piso doce, su calle es de casas bajas. Pero a medida que las manzanas avanzan también lo hacen los edificios. Ya a unas pocas cuadras es difícil distinguir el horizonte. Lo incomoda, en primer lugar, que aún no se haya implementado un sistema de insonorización para edificios en construcción, lo que sería más amistoso para el vecindario. Y en segundo lugar, la invasión de moles de cemento ganando la batalla, como una película apocalíptica de gigantes con ventanas y polución.

Volvió a estirar y cerró los ojos para aquietar su mente.
Quién inventó el concepto de pasado, presente y futuro? Por un lado, la línea de orden verbal es inevitable pero en lo conceptual, es el germen de todas las ansiedades.
Anoche Catalina se convirtió en un tornado de emociones cuando él dijo no saber qué hará más adelante. Que no la tiene en cuenta en sus planes, que no piensa en ella ni en el futuro, egoísta, descorazonado, igual que todos, para qué todo esto, para qué. Había dicho muchas cosas más, pero por momentos sólo la veía gesticular sin sonido. Federico aplica un método de silenciador automático frente a las discusiones desmedidas, o conflictos entre extraños, o cuando está muy aburrido. Como si tuviera una antena con la señal floja, que va y viene, se escucha y no.

No sabe quién tiene razón, no sabe si está bien o mal, pero él no puede planificar la vida como un esquema con objetivos a cumplir a corto, mediano y largo plazo.
Otro problema, los plazos. Quién dispone cuánto tiempo dura cada plazo? Debería existir un manual que especifique cantidades mínimas y máximas de plazos para cada situación determinada de la vida. Así se simplificarían muchísimas cuestiones.

Respiró. Lo aliviaba hacerse preguntas como un niño para darse respuestas sin pensar y sincerarse consigo mismo.
Catalina quería saber qué iba a pasar mañana, pero un mañana lejano. Quería asegurar lo incierto, controlar los tiempos propios y los ajenos.
Intentó concentrar su abstracción, ausentarse del ruido.
Una imagen emergió desde su interior. Era una pintura de Chagall que había visto hace un tiempo y ahora se le aparecía, quizá bastante deformada. Una pareja sobrevolaba un pequeño pueblo colorido; él la sostenía a ella y vagaban por un cielo blanco en silencio. La imagen permaneció unos cuantos segundos y luego se desvaneció.
Sintió que había tenido un sueño despierto, una experiencia sensorial y emotiva.
Le gustaría volar con Catalina por algún lugar de ensueño y que pueda disfrutarlo sin pensar que después tienen que aterrizar. La llevaría apoyada en su pecho para que ella pueda abarcar más con la vista y le cuente todo lo que ve mientras él presta atención en no chocar ningún pájaro.
Sería una época donde no existan los aviones ni helicópteros. Con uno pasando arriba de su cabeza y otro más lejos, admitió que hay mucho tráfico aéreo para volar así nomás. Federico se paró y dio un giro completo. Se dio cuenta que los ruidos podían venir de varios lados a la vez: contó siete torres construyéndose. La ciudad ya no era un pequeño pueblo, sino más bien una marea de personas, edificios, aviones y cables que crece día a día.

El desafío es no perderse. Es mantener el eje, el encuentro feliz. Claro que en esta vorágine a veces es muy difícil. Federico tenía proyectos, soñaba con el futuro, pero no se embriagaba con él. Intentaba ser lo más honesto posible y disfrutar sin especulaciones el momento. Eso quería contagiar a Catalina, hacerle entender lo precioso que tienen ahora mismo. Como tantas otras veces.

Un pájaro rozó su cabeza y lo sacó de su encierro mental. Vio pasar una bandada más lejos, y otras más allá. Esa mañana estaba transitadísima de aves. Escuchó los distintos cantos queriendo sobresalir entre las máquinas. Eso lo tranquilizó, pero se sentía cansado. Prefirió pensar en las ganas que tenía de corretear desnuda a Catalina por el pequeño departamento, para cambiar radicalmente su enfoque, así que emprendió la retirada con la mente fresca.
Lo más probable es que cuando regrese ella siga dormida, o lo que es peor, que se haya ido. Catalina tiene un interior tempestuoso.

Abrió la puerta y ella se incorporó en la cama.

- Pensé que habías ido a comprar medialunas- le dijo y le revoleó una almohada con fuerza.
Federico se abalanzó sobre ella y se besaron sin decir nada. Hicieron el amor mientras los martillazos seguían su cantata neurótica y luego se dijeron buenos días.

- A veces quiero abarcarlo todo, saber que va a estar todo seguro, todo controlado. Me sobrepasa. No puedo ser tan poderosa. Y aunque pudiera, no quiero serlo. Es mucha responsabilidad, no sabría cómo manejarlo. Podría volverme una bruja. O como Saruman, que es peor, porque implicaría hacerme cargo de otros; aunque sean orcos, no importa. Si apenas puedo hacerme cargo de mí y mis locuras- hizo silencio y se asomó al ventanal. La mirada estaba lejos, perdida dentro de sí misma.

Federico no dijo nada. Contemplaron el paisaje urbano un buen rato y fueron a tirarse a la cama.
Así como la ciudad crecía minuto a minuto y se transformaba en algo más gigante y abrumador, el amor entre ellos también cambiaba. Ambos lo percibían y una tibia nostalgia les revoloteaba en la panza.
A pesar de todo, éste era el mejor no lunes. Los dos casi desnudos todo el día, escuchando discos para contrarrestar el ruido exterior. Nada ni nadie los apuraba.

Luego de una siesta tardía, Federico llevó a Catalina a la terraza. Quiso compartir con ella el refugio abierto que lo hace encontrarse. Sentados frente a frente, podían ver el cielo transformarse en una paleta de lilas y rosados despidiendo al sol. Era la hora mágica, el momento sublime que da paso a la noche. La tarde ya estaba silenciosa; las construcciones seguirían al día siguiente.

Tomados de la mano se miraron en silencio. Luego se tiraron boca arriba y esperaron la primer estrella. Quizás los amantes voladores del cuadro se suelten para seguir cada uno su vuelo; pero hoy, el cielo estaba hermoso.

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undiarioabsurdo.blogspot.com

Fotografía por:

Mecha Frías
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